El garbanzo, la legumbre más utilizada en Madrid a lo largo del tiempo, protagonista de nuestro cocido, ha sido utilizado como arma en al menos dos ocasiones.
La primera vez fue durante el levantamiento militar protagonizado por Diego de León y Manuel de la Concha, quienes al mando de un regimiento de infantería entraron en el Palacio Real para intentar secuestrar a la reina niña Isabel II, y forzar así la vuelta a la regencia de María Cristina.
Los generales rebeldes pensaban que el secuestro iba a ser cosa de llegar y besar el santo, porque en palacio solo había un pequeño cuerpo de guardia formado por 17 alabarderos.
La superioridad numérica de los asaltantes era total, pero una vez más, la maña venció a la fuerza.
Cuando la tropa rebelde subía por la gran escalera imperial, los alabarderos arrojaron un saco de garbanzos.
Las orondas legumbres cumplieron su cometido haciendo resbalar a los que subían, que cayeron a su vez sobre el resto de la tropa.
Esta maniobra de distracción permitió a los defensores una ventaja fundamental.
Cuando los caídos quisieron reaccionar, entraron en acción los fusiles, manteniendo expedita la escalera durante el tiempo suficiente para que las tropas leales a la reina llegasen a Palacio y capturasen a los cabecillas, cuyo jefe, Diego de León, fue fusilado.
Creo que durante un tiempo, en casa de Diego de León no se sirvieron garbanzos.
La segunda vez que se usaron garbanzos fue durante la transición a la democracia.
En los años sesenta, los estudiantes se manifestaban exigiendo democracia y libertad.
La fuerza pública, los llamados grises, se encargaban de disolverlos montados en sus caballos y sacudiendo a los manifestantes con sus porras.
Algunos estudiantes arrojaban garbanzos al paso de los caballos, haciéndoles resbalar y dando en tierra con sus temidos jinetes.
Pronto los grises eligieron otros medios de transporte más estables.