Fotos de Carlos Osorio.

Los más viejos del lugar no recordaban nada parecido.

Una nevada con espesores de hasta medio metro que colapsó Madrid durante varios días.

Para encontrar algo parecido tenemos que remontarnos a noviembre de 1904.

Entremedias, las nevadas de febrero de 1963, con dieciséis centímetros de nieve, y la de marzo de 1971, con veinte centímetros.
No podía quedarme en casa sabiendo que estas imágenes, que nunca había visto, probabemente no las volveré a ver. Así que quedé con mi amigo Álvaro y nos fuimos de safari fotográfico.
Empezamos la mañana como los buenos castizos, tomando un chocolate en San Ginés (uno de los poquísimos establecimientos que estaban abiertos)
La ventisca había derribado muchos árboles, haciendo aún más difícil moverse por determinadas calles. En la imagen superior, la calle de Cuchilleros.
Te podías topar con imágenes asombrosas, como estas bicicletas municipales que parecían estar montadas por borreguitos blancos.
Los semáforos advertían inútilmente de que no se podía pasar.
Costaba mucho reconocer las calles por las que tantas veces había caminado. ¿Estaba soñando?
Madrid, sin embargo, se mostraba en toda su autenticidad, sin esa bruma de ruido, coches y prisas que normalmente nos impide ver la ciudad real.
La gente paseaba sonámbula, dudando entre el sueño y la realidad.
La nieve transformaba los edificios con espíritu artístico.
Los caminantes buscábamos las huellas de otros caminantes para pisar sobre seguro.
La nevada había quitado toda su importancia a las cosas materiales, de pronto todo parecía espiritual.
Y la naturaleza mostraba todo su poder a los seres humanos.
En medio del silencio sonaron las campanas de la catedral.
Y tras las campanadas, el tiempo comenzó a cabalgar hacia el pasado.
Reyes de otro tiempo se engalanaron con mantos de nieve.
Y por un tiempo se eclipsó la fama de los personajes célebres.
Piaban los pájaros: frío. frío!
Y las gentes tomaron las calles contentas y asombradas.
Como si la ciudad fuera un lugar de recreo, quizás una estación invernal.
Allí estaba la diosa madrileña, como una escultura de nieve, pensativa y preocupada, deseando que aquella nevada se llevara consigo todo lo malo.
Que la nieve tan blanca se llevase toda la oscuridad!
Y nacieron en muchos madrileños sentimientos solidarios, dándose cuenta de lo que es necesario y lo que es superfluo en la vida.
Y la diosa de la Victoria voló para cuidar y proteger a Madrid.
Texto y fotografías de Carlos Osorio.