Romero, uno de los creadores de Burrolandia, me cuenta que este proyecto es posible gracias a las aportaciones de los socios y los visitantes. Organizan festejos y cumpleaños y tienen una pequeña tienda donde, entre otras cosas venden pastillas de leche de burra. Romero recuerda viejos tiempos en que a él y a otros niños les dejaban beber la leche directamente de la ubre de la burra, y que era una leche riquísima, a la par que saludable.

 

En Burrolandia, además de burros hay caballos, ovejas, gallinas, etc.

 

Conservan también una pequeña colección etnológica.

 

Esta parece que es una gallina clueca y un tanto geniuda.

 

Es un mundo lleno de vida, hecho con  pocos medios, que cautiva al paseante.

 

Para visitarlo lo más cómodo es el coche, caso de este milquinientos que en su día fue uno de los taxis de Madrid. También te puedes coger la bici, meterla en el cercanías y luego trotar siguiendo la valla de Viñuelas.
Pues sí, me ha gustado el sitio. Hablando con Romero, le he dicho que de pequeño monté en el carrito de las campanillas, tirado por un burro, que daba una vuelta a los niños en la Plaza de Oriente de Madrid. Romero también lo recuerda. Le he dicho que sería una buena idea recuperar aquel carrito para que lo disfrutaran los niños madrileños.
Fotos: Carlos Osorio.