No hace falta presentar a Robin Hood, cientos de libros, comics, películas, nos lo han dado a conocer. El fue, según la leyenda, el bandolero inglés que robaba a los ricos para dárselo a los pobres.
Como mito es fantástico, ahora como realidad sigue siendo un misterio. Existen más de diez bandidos en la Inglaterra de los siglos XIII a XV que se llamaban Robin Hood. El bosque de Sherwood, en Nottingham, visitado cada años por miles de fans del bandolero, parece que nunca fue hollado por el más probable de los diversos Robin Hood, pues recientes investigaciones sitúan los parajes del aventurero en South Yorkshire.
Está claro que Robin robaba a los ricos, pero lo que no se ha podido demostrar es que lo compartiera con los pobres.  Para sus asaltos no utilizaba el ingenio sino la sorpresa, y estos siempre eran armados.

 

Menos conocido que Robin Hood, es Luis Candelas, el bandolero madrileño que vivió entre 1804 y 1837.
Candelas, hijo de un ebanista de Lavapiés, fue un bandolero elegante, ingenioso y seductor que se preciaba de no utilizar la violencia en sus robos, sino el ingenio. De hecho, sus andanzas parecen sacadas del guión de una comedia. Aunque en Lavapiés las gentes creen que compartía el botín con los menesterosos, nadie ha podido demostrar este aspecto. Seguramente el mito surgió porque la gran mayoría de los madrileños, que vivía en la miseria, lo eligió como símbolo de su indignación contra los que vivían en la abundancia y el derroche.
Los sucesos (reales) de su detención final relacionada con su enamoramiento de María Clara, y sus palabras en el patíbulo: “Adios, Patria mía, sé feliz” superan con creces al mejor guión de la mejor película de bandoleros.
Algunos aspectos de su vida están aún sin investigar, pero tenemos certeza de suficientes datos como para sacarle un mayor partido (literario, cinematográfico, turístico) a este mito popular madrileño.
A mí, desde luego, me parece que tiene mucha más enjundia el mito literario de Luis Candelas que el del arquero anglosajón.