Siempre que paso por la calle Alberto Aguilera, antes de llegar al nº 14 procuro cambiarme de acera para evitar lo peor. Y es que si llego a oler los pasteles de La Marina, estoy perdido. Una fuerza magnética irresistible me obliga a entrar y dar rienda suelta a mi gula.
Esto me viene de familia, porque ya mis abuelos eran adictos al delicioso milhojas de esta casa.
Esta pastelería, una de mis predilectas, la fundó Justo Arranz en 1933.
Su famoso roscón, que pasa por ser de los mejores del mundo, atrae a colas de golosos no solo en navidades, sino durante todo el año.
Pero aquí no solo se hace roscón. Hay que probar los bollos suizos, una especie pastelera en peligro de extinción y que sin embargo es fabulosa en desayunos y meriendas. El suizo es un pariente próximo del roscón, más blando y ligero.
La bollería de esta casa es insuperable, teniendo además excelentes palmeras e inolvidables cruasáns.
Las pastas y los pasteles tienen el sabor tradicional de las cosas hechas con buenos ingredientes naturales y con una cuidada labor artesanal.
Los hermanos Arranz, maestros pasteleros, llegan a la perfección con uno de sus  pasteles menos conocidos y más gloriosos: el hojaldre de crema y manzana (de encargo). ¿De qué sirve tanto trabajar, tanto luchar en el fragor del atasco, tanto sufrir los rigores de esta ciudad, si no podemos probar un hojaldre de crema y manzana? ¿Qué sentido tiene entonces nuestro arduo peregrinar?
Fotos: Carlos Osorio.