Las ciudades pueden tener una gran influencia en la consecución de la paz. Sobre todo porque los movimientos ciudadanos no están sometidos a las presiones que soportan los organismos internacionales, como la ONU. Madrid tiene vocación pacifista. De hecho, las mayores manifestaciones en nuestra ciudad lo han sido por la paz y contra la violencia. Por ello, echo de menos el trabajo activo por la paz que se inició hace dos décadas, en tiempos de Tierno Galván, y que lleva demasiado tiempo interrumpido. Hay ciudades en el sur de la Comunidad que mantienen delegaciones trabajando por la paz en países en conflicto. Madrid no solo está al margen de estas labores pacificadoras, sino que parece caminar en sentido contrario, ya que el presupuesto municipal de ayuda al desarrollo se ha reducido a la mitad. Es hora de que Madrid vuelva a formar parte activa de la Unión de Ciudades Contra la Guerra. Y, por cierto, que no se empeñe el actual Ayuntamiento en llamar “Calle 30” a la M-30. La M-30 tiene un nombre desde hace muchos años: se llama Avenida de La Paz.