Existió en Madrid un funcionario que tenía en su mesa un cajón donde a veces guardaba aquellos expedientes que, según pensaba, era el tiempo quien debía resolverlos.
Cada día, el buen funcionario recibía documentos y expedientes que él pasaba a tramitar diligentemente. Sin embargo, alguna vez, muy de cuando en cuando, le llegaba un expediente tan complicado, tan enrevesado, que no veía manera de poder resolverlo. El hombre, sin darle más vueltas, sentenciaba: “Estos son asuntos que resolverá el tiempo” y lo metía en “el cajón del tiempo” donde se quedaba durante años. Finalmente, y sin que él hiciese nada, el problema acababa solucionándose.
Esto nos enseña que todos somos limitados, que hay cosas que no podemos resolver, al menos durante un tiempo, y que de nada sirve querer resolverlo todo y vivir angustiado queriendo que cada cosa esté bajo control y en orden. Hay que vivir con calma, mirando qué cosas son de verdad importantes y disfrutando de lo bueno de la vida.
No tengo más datos sobre este simpático funcionario. Es una historia que oí contar.