En una de estas mañanas de principios de noviembre me he detenido a hojear libros en una librería de lance. Leyendo poemas de Rosalía de Castro la he sentido muy cerca de mí y le he pedido que me acompañe por los lugares madrileños donde ella vivió.
Caminamos hasta el número 15 de la calle de la Ballesta, en Malasaña, donde vivió la poeta y donde en esos momentos se encuentran reunidos los hermanos Bécquer y un joven escritor llamado Manuel Martínez Murguía. Mientras Rosalía recita sus poemas, observo como la mira Murguía.
Hora tras hora, día tras día,
Entre el cielo y la tierra que quedan
Eternos vigías,
Como torrente que se despeña
Pasa la vida.
 
Devolvedle a la flor su perfume
Después de marchita;
De las ondas que besan la playa
Y que una tras otra besándola expiran
Recoged los rumores, las quejas,
Y en planchas de bronce grabad su armonía.
 
Tiempos que fueron, llantos y risas,
Negros tormentos, dulces mentiras,
¡Ay!, ¿en dónde su rastro dejaron,
En dónde, alma mía?
Le acompaño luego a la iglesia de San Ildefonso, donde ella se va a casar con Manuel Murgía el 10 de octubre de 1858, y veo a los contrayentes ante el altar, difuminándose hasta desaparecer.
Luego paseamos hasta la calle de Tetuán, junto a la Puerta del Sol, y me muestra la pensión donde ella va a residir en su segundo viaje a Madrid, en 1859.
Después, tras una buena caminata, nos acercamos a la calle Claudio Coello nº 13, donde ella vivirá en su tercer viaje, en 1870.

Más tarde paseamos por los jardines del Retiro y por la Plaza de Oriente, donde a veces la veo sonreir cuando los rayos de sol le iluminan la cara, y a veces le veo ese rictus melancólico que le acompañará siempre…y me pregunto si este paseo no será en realidad un simple sueño.