Sucedió en Madrid a finales del siglo XIX.
Se celebraba un banquete en la embajada de Bélgica.
El Nuncio de Su Santidad tenía enfrente a una mujer que lucía un generoso escote y llevaba al cuello una valiosa cruz engarzada con pedrería.
La mujer se daba perfecta cuenta de que el religioso le miraba directamente a los pechos sin el menor disimulo. Un tanto incómoda con la situación, le dijo:
-Monseñor, me he fijado en que os cautiva la cruz que llevo puesta.
-Sí, señora, la cruz y también los montes del calvario.