Relato de Mª Carmen Martín Plaza
Recordando mi niñez me doy cuenta de lo mucho que ha cambiado la forma de vida. En los
años cuarenta yo era una cría y recuerdo que en verano, como hacía mucho calor (y no existía
el aire acondicionado, aunque tampoco en plena posguerra teníamos dinero para pagarlo), las
personas mayores se bajaban una silla y se sentaban en las aceras mientras vigilaban a sus
hijos o nietos que jugaban en la calle (aunque no había ningún peligro pues no pasaban casi
coches), las chicas jugaban a la comba y los chicos jugaban al fútbol con chapas de botellas a
las que les ponían fotos de futbolistas y hacían dos equipos. Sobre las doce de la noche que
empezaba a refrescar, cada uno se subía a su casa.
En el piso cuarto de la casa donde yo vivía había dos pisos a mano derecha y otros dos a
izquierda, y además, como era el último piso había tres buhardillas que también estaban
alquiladas. En total entre todos los inquilinos había dieciséis personas mayores y diecinueve
niños de varias edades. Recuerdo que en Nochebuena nos juntábamos todos, cada familia
llevaba lo que podía, turrón, mazapán, peladillas, anís, coñac, o vino y se cantaba y bailaba.
Había un vecino mayor que siempre llevaba una botella de anís “del Mono” que no era lisa,
pues tenía como agujeros y con una cuchara la pasaba por toda la botella y hacía música.
También recuerdo cuando una de las vecinas se compró una radio (la primera que había
en la planta) y los sábados por la noche había un programa de música presentada, creo
recordar, que por Joaquín Soler Serrano o el mítico Bobi Deglané, y para que todos los
vecinos pudiéramos oírlo la señora abría su puerta, ponía la radio y las personas mayores
se sentaban en el pasillo de la entrada que daba a todas las viviendas, y los chiquillos nos
sentábamos en el suelo. Formábamos una gran familia.
También recuerdo, con muchísima pena a una vecinita de trece años que enfermó de
tuberculosis y mi madre la cuidaba, pues su madre era viuda y tenía que trabajar para poder
mantener a sus cuatro hijos y trabajaba en el antiguo cine Toledo, en los servicios, y entraba
a las cuatro de la tarde y salía por la noche cuando terminaban las películas. Algunas vecinas
le decían a mi madre si no temía que nos contagiara a mi hermano y a mí, pero mi madre las
decía que ella era incapaz de dejar sola a esa criatura, y la cuidó hasta su muerte (catorce años)
pues entonces no había Seguridad Social y sin medicinas ni antibióticos, ni dinero para comer
lo necesario era muy difícil sobrevivir.
Hoy en día todo eso ha cambiado, cada uno vive en su casa y no tienes relación con los
vecinos. En mi caso vivo en un edificio de seis plantas, con seis viviendas cada una, lo cual
hacen treinta y seis vecinos (y a muchos de ellos ni los conozco), y nos limitamos a darnos los
buenos días.
De todas formas todo tiene sus pros y sus contras, pues es cierto que éramos como una gran
familia con una convivencia vecinal muy unidad, pero ahora hemos ganado en privacidad, lo
cual antes no teníamos, pues al ser una gran familia todos sabían la vida privadas de unos y
otros, y algunas a veces de ciertas cosas se enteraban los vecinos antes que la propia familia.
(Foto: niños de Madrid en 1906. Todocolección)
Relatos de Convivencia vecinal, es un librito reciente publicado por el Ayuntamiento, con testimonios recogidos en los centros de mayores.