Prueba de que la estética pasa por horas bajas son las tiendas-anuncio, cada vez más frecuentes en nuestras calles. Estos comercios se «engalanan» con todo tipo de letreros, carteles fosforescentes y adhesivos varios, en una feroz competencia por ver quien logra la fachada más fea y más dañina a la vista.

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Y mientras la contaminación visual gana terreno, el Ayuntamiento no dice nada al respecto.
Atajar este espanto sería muy fácil: poniendo un impuesto a quienes conviertan su tienda en un anuncio. A mayor superficie de publicidad en un comercio, mayor contribución a las arcas públicas. Así no les saldría gratis afear la ciudad.