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 En lo que fue un fértil valle, a orillas del arroyo Abroñigal (arroyo que hoy estaría bajo la autopista M-30) el Condestable de Castilla creó una quinta de recreo allá por el siglo XVII. La finca fue comprada por el rey Felipe IV, quien la convirtió en uno de sus reales sitios.
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Este «paraíso» contaba con innumerables árboles frutales, viñas y arboledas, así como fuentes ornamentales que se regaban con agua del arroyo y del manantial de la fuente del Berro.
(Del arroyo y de la fuente parten viajes de agua que llegaban hasta las fuentes públicas del centro de Madrid. El propio parque del Retiro usaba agua traída desde aquí). Se dice que Carlos III no quería beber otro agua que no fuese de la fuente del Berro. Hoy el manantial se usa exclusivamente para el riego del parque, estando la fuente conectada a la red del Canal.

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La finca pasa por sucesivos propietarios, desde los monjes del convento madrileño de Montserrat hasta diversos nobles. El 1900 se convierte en un parque de atracciones que duró solo dos años. En 1948 pasa a ser del Ayuntamiento que abre al público los jardines. En 1970, al construirse la autovía M-30, el parque pierde su parte más baja. Con todo, es uno de nuestros jardines históricos más atractivos.

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En la imagen, un grupo de jubilados, dos de ellos tocados con gorro napoleónico improvisado, muy útil para el sol, echan una partidita de cartas.

Fotos: Carlos Osorio.