La ludopatía avanza imparable en los barrios populares y ataca a la población más sensible: la juventud y la gente con escasos ingresos. La culpa la tienen las casas de juego y de apuestas que se han multiplicado en los últimos años.

Durante décadas se consideró que los casinos debían estar alejados de los barrios, por eso solo se autorizaban en el exterior de la ciudad, para dificultar el acceso mayoritario a estos antros donde naufragan las ilusiones de tantos incautos.

El juego no es un problema del que juega, es un problema que afecta a su familia y a su entorno, y nos afecta a todos, ya que  es el Estado y son las ONG las que tienen que acudir al rescate del jugador cuando este finalmente se arruina.

Autorizar estos garitos en los barrios no ha sido una buena idea. Esperemos que haya una pronta rectificación.