Salustiano Olózaga, político liberal, era presidente del Congreso de los Diputados en 1843, cuando los reaccionarios le acusaron (falsamente) de coaccionar a la joven reina Isabel II, para obligarle a firmar la disolución de las Cortes y convocar nuevas elecciones. 
Fue detenido (querían condenarle a muerte), y casualmente coincidió en la cárcel con el popular bandolero Luis Candelas, que al hablar con él se sintió solidario con la causa liberal. 
A pesar de la guardia reforzada, Candelas organizó la fuga. Proporcionó a don Salustiano una pistola y un puñado de monedas de oro. 
-Mañana, cuando salgas, les das a elegir entre la pistola y el oro.
Al salir, Olózaga hizo lo pactado:
-¡Onzas o muerte llevo!
Ni que decir tiene que eligieron las onzas de oro, y mientras los guardias se entretenían cogiendo las monedas, el político escapó.
 Olózaga acudió a la casa de su amigo, el progresista Basualdo, en la calle de la Ruda. Salustiano se puso un disfraz de labrador y acompañado del ama de llaves de Basualdo, se dirigió a la Puerta de Toledo. Allí le esperaba el guarda de una dehesa de Illescas quien le llevó hasta Leganés. En Leganés le presentaron a un viejo contrabandista llamado El Fraile, que fue quien le acompañó hasta cruzar la frontera de Portugal.