Conocí esta fabulosa taberna, la más representativa de nuestras tabernas históricas, en los años setenta. Aún existía la costumbre de aceptar meriendas de la calle. Los vecinos se traían su pan y su chorizo y pedían su media frasquita de vino. Todo el mundo hablaba con todo el mundo, una buena tradición de las tascas madrileñas. Lola, hermana de Antonio Sánchez hijo, regentó el negocio hasta 1979, año en que se jubiló Tasio, el encargado.La taberna estuvo en un tris de desaparecer. Afortunadamente, un madrileño enamorado de la taberna, Óscar, la rescató del olvido.
La taberna de Antonio Sánchez, cuyos orígenes se pierden en los albores del siglo XIX, fue primero una bodega  se convirtió en taberna. En 1891 la compró Antonio Sánchez Ruiz, un entrador de vinos natural de Valdepeñas. En la propia taberna nació su hijo Antonio, quien de niño jugaba al toro en la vecina plaza de Tirso de Molina. La afición del joven Antonio le llevó a tomar la alternativa en 1922, de la mano de Ignacio Sánchez Mejías. La cabeza del toro de su alternativa, llamado Fogonero, se halla disecada junto a la puerta de la entrada. El torero Antonio Sánchez fue un valiente y terminó como un queso Gruyere, con nada menos que veinte cornadas. La última, en 1929, le dejó postrado durante 26 meses. Como el convaleciente no podía estarse quieto, comenzó a pintar. De ahí su amistad con el pintor Zuloaga, quien por cierto hizo en esta tasca su última exposición. Dicen que Antonio Sánchez no llevaba nunca dinero encima. El tabernero torero y pintor era tan popular que en todas partes le invitaban. Antonio nunca se casó. Desde que murieron sus padres, decidió vestir siempre de negro. La gran personalidad de Antonio atrajo a sus tertulias a gente como Pío Baroja, Sorolla, Julio Camba, Vázquez Díaz y Cossío. En el sótano hay unas enormes tinajas de barro de Colmenar de Oreja. Para poder introducirlas, hubo que horadar la calle y hacer una rampa hasta el sótano. Durante mucho tiempo se vendió un vino especial que llamaban “de la cuba del francés” y que se extraía de una de las grandes tinajas de la cueva, la que lleva el número seis. Cuenta la leyenda que, en plena guerra de la independencia, los vecinos mataron a un soldado de Napoleón. Para evitar represalias, lo escondieron en una de las cubas de vino que, a partir de entonces, adquirió un “bouquet” extraordinario. Y es que los franceses siempre han tenido mucha mano para hacer buenos vinos.

Antonio Sánchez está en la calle Mesón de Paredes nº 13. (Metro Tirso de Molina)
Cierra los lunes.

Foto 1: C. Osorio
Foto 2: J. C. Siegrist