Recuerdo que en tiempos de Franco la burocracia llegaba a ser kafkiana, había que hacer una cola para conseguir un impreso y a continuación ir a un estanco a por una póliza para ese impreso y volver a hacer la misma cola otra vez, para sellar el impreso y entregarlo en otra ventanilla distinta. Con la llegada de la Democracia se ha procurado simplificar los trámites burocráticos para facilitar la vida a los ciudadanos. Así ha sido hasta que en los últimos años los burócratas parecen haberse rearmado. Nuevamente los ciudadanos tenemos que perder tiempo en papeleos de dudosa utilidad. Los profesores de Universidad y los profesores en general, de por sí saturados de trabajo, deben rellenar ahora extensos formularios en los que dan cuenta de su actividad sin que se sepa muy bien para qué. Los autónomos, habitualmente maltratados, deben rellenar encuestas incomprensibles sobre su trabajo. Cada vez que abrimos una página web tenemos que aceptar la política de cookies. Cada vez que llamamos por teléfono a una empresa debemos escuchar toda una serie de condiciones legales para que nos escuchen. Si uno quiere matricularse en una asignatura de la UNED, debe rellenar un formulario en el que autoriza a la Universidad a que le cobre la matrícula. Imaginen ustedes si eso se extiende y debemos autorizar al frutero por escrito para que nos venda un kilo de tomates. Vamos camino de ello.